martes, 12 de octubre de 2010

Los placeres del semáforo

Todo comenzó cuando Vicente estaba enrollado sobre si mismo, porque, por el contrario de lo que pueda pensar el común de la gente, los bichos bolitas cuando se enroscan no se quedan estupefactos mirando las grietas grises y acuosas de sus abdómenes, sino que la mayoría vive esta situación como un momento propicio para reflexionar íntimamente con sus conciencias. Cuestiones existenciales y filosóficas son abordadas en estas instancias, como: ¿qué es el ser? ¿cuál es la esencia de la vida? ¿hay un bien supremo?. En eso andaba Vicente, pensando en las tres luces trascendentales del semáforo.
     Desde la perspectiva de su hogar, una roca en el suelo cercana al dispositivo lumínico, las lámparas de colores tenían la dimensión de inmensas lunas resplandecientes, de un fulgor secuencial. Durante el día las luces solo brindaban un tenue resplandor, pero durante las noches su color se extendía, algunas mariposas y polillas desertoras de la luz blanca danzaban entonces un ritual, reflejando en sus alas el rojo, el amarillo y el verde.
       “¡Qué injusta es la vida para los de abajo, qué grande los placeres de quien tiene alas! ¿No deberíamos poder tener todos la misma dicha? ¿Por qué los crustáceos terrestres hemos de conformarnos con la oscuridad y la humedad? ¿Quién dijo que todos nosotros la preferimos?” se interrogaba Vicente.  Pero pronto la indignación se le convirtió en convicción, se decidió a subir, se desenrolló de sí mismo, se dio cuenta de que había caído una copiosa lluvia, no le importó. Sus 14 patas recorrieron velozmente los 50 centímetros hasta el semáforo, cuando llegó elevo la mirada sin comprender aún como subiría, elevo una pata en un gesto triunfal, y cuando tocó el poste “¡zas!”, estaba electrificado, su cadáver quedó en el piso, era una bolilla marrón.
      Su pequeño espíritu comenzó a elevarse por el aire, se asombró de lo insignificante que era el cuerpo que iba a dejando atrás, se remontaba,  ¿hacia dónde? , el cielo quizás. Pero llegada determinada altura una luz verde intensa fue una tentación en el camino, su pequeña alma se lanzó contra el farol como si una fuerza superior la atrajera. El ánima de Vicente fue extendiéndose por cada milímetro del semáforo, y la electricidad que recorría el aparato pareció devolverle el pulso, él era ahora tan inmenso como un Dios.
       Poco después, sin embargo, se dio cuenta que las dimensiones eran relativas, ahora que era alto pudo ver que había otros tres semáforos como él, las personas de las que solo había escuchado hablar le parecieron pequeñas, también contempló enormes y extraños insectos de diversos colores que rodaban por los caminos,  bichos llamados vehículos. En cierto modo fue un poco chocante observar que distinta era la vida a la visión del mundo que él tenía. Pero por otro lado, era tal el éxtasis que le provocaban las luces, que estaba seguro de que su regocijo no hubiese sido tan enorme ni en su vida anterior ni en el paraíso. La luz verde le resultaba fresca y natural, como un soplo de primavera; la amarilla en cambio, le producía un cosquilleo alegre de temperatura; el color rojo era como un infierno naciendo desde su interior, un golpe de pasión, un placentero dolor.
     Como solía suceder por las noches mariposas y polillas llegaban por su dosis de luz. Vicente había estado esperando este momento. En una primera instancia el ritual le pareció maravilloso, todos los insectos, tres polillas, una mariposa negra y otra amarilla, y dos grupos homogéneos de mosquitos y pequeñas moscas comenzaban girando ante la luz verde, luego hacían una media vuelta por la amarilla, y después una ronda danzante por la roja. Pero después de un tiempo lucían torpes y confundidas, embriagadas de tanta luz chocaban torpemente contra los faroles, no tenían fuerzas para seguir la secuencia del semáforo, y muchos de los insectos más pequeños quedaba tendidos en los bordes metálicos. En vez de acompañar las sensaciones de Vicente, tales hechos le arruinaban el momento.
    Con el pasar de los días, le era más molesto tener que compartir su luz llegando el anochecer, la sucesión de felicidad que eran para el sus luces era degradada por los que él consideraba unos bichos adictivos. “¿Cómo tengo que hacer para que me dejen en paz? No se dan cuenta que esta dicha es para seres superiores, no ven acaso que son los bichos vehículos quienes si saben disfrutar ordenadamente sin molestar” se indignaba el semáforo, pero no había caso, no existía forma de que lo escucharan. Fue incrementándose su odio cada vez, y empezó a confabular con su mente un plan para deshacerse de esos seres, ¡si tán solo pudiera enrollarse! ¡qué fácil era pensar en aquel encuentro interior! Pero de pronto como si se le hubiese prendido la lámparita, aunque suene irónico, se le ocurrió una idea, ¿Qué sucedería con  los bichos si la dosis de luz es fuerte y la secuencia sumamente rápida? ¿no serviría para darles una lección?.
      Totalmente convencido de su plan, espero que llegara la oscuridad, dejo que mariposas, polillas, moscas y mosquitos se sirvieran el primer trago y tomarán ritmo. Entonces puso todas sus fuerzas en manejar las luces, la secuencia comenzó a ser cada vez más rápida: verde, amarillo, rojo, verde, amarillo, rojo. Los insectos danzantes empezaron a dar giros desesperados, a volverse locos, a golpearse entre si. Vicente concibió un placer que nunca había sentido, y se sintió más poderoso que nunca. Pero entonces “¡zas!”, la nueva intensidad de luz y secuencia había atraído a un insecto de los grandes, un automóvil se había incrustado contra él, otra vez estaba doblado sobre si mismo, pero no era de nuevo un bicho bolita, no pensaba, no era nada.
    
                                                                                                          Por *LoRe*PaO*

1 comentario:

  1. muy bien. Vicente se las vio con la vida! ja

    ResponderEliminar